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CRÓNICA
DE UNA PASIÓN
Por: Julio
M. Méndez Peralta Ramos
Introducción
Desde que tengo uso de razón
me gustaron los automóviles, las carreras y los pilotos.
Una noche, estando desvelado y nervioso por el motivo que
al final de esta crónica relato, comencé a hacerme
varias preguntas. ¿Por qué me gusta tanto el
automovilismo? ¿Qué fue lo que me impulsó
a los 6 o 7 años a interesarme por las carreras de
autos? ¿Cuál es el misterio que hace que un
automóvil constituído por un montón de
fierros junto con piezas de chapa sabiamente armados por el
ingenio del hombre haya revolucionado su vida a tal punto
que en aras de superarse haya llegado a ofrendarla en trágicas
circunstancias? ¿Podrá interesarle a la gente,
en especial a los jóvenes, estas vivencias y recuerdos
por las que siento la necesidad de expresarlas?
Tal vez hubo varios hechos y circunstancias
que a mí, siendo tan chico, me llamaron la atención
y hoy, con la ayuda de mi memoria tal vez encuentre las respuestas
a esos interrogantes. Hechos y circunstancias que junto con
otros no vividos sucedieron no hace mucho en la Argentina,
tan increíbles que parecen sacados de una novela de
aventuras donde los héroes son todos buenos y sus máquinas
las más fantásticas del planeta.
Por lo pronto habría que situarse
en aquellos años y en aquella época. Estoy hablando
a comienzos de 1946 y los años que siguieron. En la
Argentina no había una industria automotriz, los que
tenían un automóvil no eran muchos y éstos
en su gran mayoría eran de origen norteamericano.
Antes de que yo naciera ya se había
formado en la conciencia popular el gusto por el automóvilismo
deportivo.
Habíamos recibido los mejores
automóviles que se fabricaban en el mundo.
Se creó un Gran Premio anual
para un tipo de autos que primero fueron las baquets y luego
los "Turismo de Carretera", que eran coches nortamericanos,
principalmente cupés, modificados para correr por todo
tipo de caminos que llegaban a los lugares más remotos
del país, y también fuera de él. La gente
se identificó con los Ford o Chevrolet y por ende con
Gálvez o Fangio, como si se tratara de la rivalidad
entre Boca o River. En el interior, en la Provincia de Santa
Fe, nacieron las 500 Millas de Rafaela, a semejanza de las
500 de Indianápolis, donde intervenían autos
pura sangre de carrera en un circuito ovalado de tierra.
A fines de 1946 el Automóvil
Club Argentino organizó la primera "Temporada
Internacional", contratando a los mejores pilotos extranjeros
con los mejores autos Grand Prix que había en Europa,
pera medirse con los nuestros. Se corrió en un circuito
improvisado en la zona de Retiro y fue tal el éxito
alcanzado que las "temporadas" continuaron ininterrumpidamente
los años siguientes recibiendo a corredores de todas
las nacionalidades: los italianos Varzi, Villoresi, Farina, Ascari, Bonetto, Serafini, Taruffi;
los franceses Wimille, Rosier, Chiron,
Manzon; el siamés Príncipe Bira,
el inglés Parnell, el
suizo De Granfferied y otros,
junto con máquinas de rancia estirpe: Maserati, Alfa
Romeo, Simca, Talbot-Lago y Ferrari, que por ese entonces
recién aparecía.
Desde 1947 hasta 1951 se corrió
en circuitos tipo parque, como el de los bosques de Palermo,
el Parque Independencia de Rosario y Mar del Plata que hacía
acordar al de Montecarlo. En 1951 nos visitó el equipo
Mercedes Benz que fue vencido dos veces por Froilán
González con una Ferrari en la Costanera Norte.
Antes, en 1949 Oscar Alfredo Gálvez, con su viejo Alfa Romeo había
triunfado en Palermo bajo la lluvia y Juan
Manuel Fangio lo hizo después en Mar del Plata
con una Maserati. Cuando el correr en esos lugares se tornó
peligroso hubo de construirse el Autódromo Municipal
y nuestro Grand Prix desde 1953 otorgó puntos por el
Campeonato Mundial de Pilotos.
Al año siguiente se disputaron
los 1000 Kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires para
coches sport por el Mundial de Marcas.
Nuestro Autódromo fue considerado
el más seguro del mundo durante mucho tiempo. ¡Y
ni qué hablar de nuestra organización! Si hasta
un periodista italiano, Giovanni Canestrini, dejó escrito
en su libro "Una vida en las carreras" el asombro
que le produjo a él y a sus colegas europeos la forma
de trabajar sin margen de error de nuestros cronometristas,
comisarios deportivos y demás autoridades de nuestras
pruebas.
Simultáneamente nuestros mecánicos
armaban autos en forma artesanal que pasaban a competir en
las categorías Mecánica Nacional Fuerza Libre
y Fuerza Limitada, en circuitos de tierra en el interior del
país.
Nos habíamos acostumbrado
a los triunfos internacionales de Fangio y las hazañas
de Froilán González, "Pinocho" Marimón,
Mieres, Schwelm Cruz y otros. Cada campeonato mundial
que ganaba "el Chueco" parecía algo normal,
a nadie lo sorprendía. ¡Y fueron nada menos que
cinco!
Cuando se instalaron en el país
las fábricas de automóviles se creó en
1957 el Gran Premio para Coches Standard, a semejanza del
de Turismo de Carretera, con la participación de equipos
oficiales nacionales y extranjeros junto con numerosos particulares.
Todo lo que acabo de contar lo viví
siendo niño y más tarde adolescente y son recuerdos
que no se olvidan nunca más junto con otros que siguen
después, que ojalá puedan reflejar todos mis
sentimientos y emociones. Y si algún lector se siente
identificado ese será mi mayor premio.
Niñez
Todo comenzó cuando tenía,
calculo, 7 años. Por ese entonces ya sabía leer
y escribir. Vivía con mis padres, mis dos hermanos,
un varón, Alejandro, y
una mujer, Carola, menores que
yo, un tío y mi abuelo, en un caserón que era
de éste, en la calle Cabello casi esquina Ocampo, cerca
de la avenida del Libertador, llamada en ese entonces avenida
Alvear.
Mi primer recuerdo se remonta a fines
del año 1947. Se corría el Gran Premio de Turismo
de Carretera cuya última etapa terminaba en Luján.
Lo ganó Oscar Gálvez,
por supuesto con Ford, y a mi abuelo se le ocurrió
dibujarnos en un cartón o cartulina bien grande el
recorrido de la carrera con variantes u obstáculos,
imitando tal vez el juego de la oca, para que jugáramos
mi hermano y yo con unos autitos de plástico y un dado,
ya que me había visto escuchando por la radio la carrera.
Tiempo después tuve dos juegos
similares: "Rutas Nacionales", que consistía
en un mapa de la República Argentina con todas sus
rutas, en el que se podía jugar de dos formas: diagramando
un Gran Premio o tomando de un mazo de tarjetas que tenían
al dorso los nombres de las localidades y ciudades del país,
a las que había que unir. Ganaba el que lo hacía
por el camino más corto. El otro se llamaba "Circuito
de Palermo"; representaba el dibujo del circuito dividido
en casilleros, algunos de los cuales tenían las banderas
que se usan para el señalamiento a los pilotos, si
un jugador caía en uno de estos casilleros avanzaba
o retrocedía según fuera la bandera indicada.
Había otro parecido que se llamaba "Fierro a fondo".
En diciembre de ese año y
con las clases terminadas, iba todos los días a jugar
con mis amigos a la plaza República de Chile, que está
frente al Automóvil Club. Una mañana temprano
vi llegar por la avenida varios automóviles de carrera,
la mayoría de color rojo, conducidos por los pilotos
que venían a correr la Temporada Internacional. Me
enteré que en Palermo se estaban haciendo las prácticas
y al finalizar éstas traían los coches andando
por Libertador y los guardaban en el edificio del Automóvil
Club. Esta escena se repitió durante dos o tres días.
Juntando las monedas que me daban
mis padres comencé a comprar "El Gráfico"
o "Coche a la Vista", cada vez que había
carreras internacionales o Grandes Premios. El bichito del
automovilismo me había picado y el virus quedó
para siempre.
En esa época las trasmisiones
de las carreras por radio fueron el equivalente de lo que
es hoy la televisión para los chicos. La imaginación
volaba al escuchar los relatos de Eduardo
Emilio y J. J. D'Agostino
y los hermanos Sojit, los comentarios
de don Pedro Fiore. Y luego leerlas
en "El Gráfico" junto con las fotografías
que las ilustraban. Así comencé a conocer a
los pilotos y sus autos y aprender geografía, porque
me interesaba saber por dónde pasaba la carrera.
Desde el comienzo mi ídolo
fue Fangio, los Chevrolet y todos
los que corrían con esa marca ya que mi padre tenía
uno, modelo 1937, dos puertas. A mi hermano Alejandro
le gustaban los Ford y por supuesto los Gálvez. Las discusiones estaban a la orden del
día sumadas al hecho de que él es de Boca y
yo de River.
Como dije la primera que escuché
fue el Gran Premio de 1947. Al año siguiente fue la
carrera a Caracas.
Volvía del colegio a mediodía,
almorzaba, hacía los deberes y ni bien podía
me iba al cuarto de la empleada que tenía mi abuelo,
una mujer grande, italiana, a la que le encantaba escuchar
radio, sobre todo Radio Belgrano, Nicola
Paone y Feliciano Brunelli,
que estaban de moda, y en especial las carreras, porque le
gustaba el automovilismo. Así me enteré del
accidente de Fangio, la muerte
de su acompañante Urrutia,
las desventuras de los Gálvez en la última etapa y la alegría que me produjeron
el triunfo de Domingo Marimón
y el segundo puesto de Eusebio Marcilla porque ambos corrían con Chevrolet.
Luego las victorias internacionales
de Villoresi en Palermo, Wimille
en Rosario, Farina y Ascari.
Todo se reducía al Gran Premio,
las Mil Millas del Avellaneda Automóvil Club, para
los turismo carretera, y la Temporada Internacional para "las
máquinas especiales".
En las Temporadas, además
de Fangio, mi preferido era Jean - Pierre
Wimille, un francés con cara de bueno que corría
con un Simca-Gordini azul. De él tengo un recuerdo
muy triste. Una mañana de enero fuí al kiosco
a comprar "Coche a la Vista", que estaba dedicado
a la temporada que se iniciaba. En la tapa estaban todas las
caras de los corredores que habían venido al país.
El kiosquero, al verme, me dijo: "¡Pobre tipo el
que se mató hoy en Palermo!". Y me lo señaló.
Era Wimille. Tomé la revista,
volví a casa con un nudo en la garganta y a solas me
puse a llorar desconsoladamente. No lo podía creer.
Se pusieron de moda para los chicos
los autitos. Estaban los "Dinky Toys" que llamábamos
de pista: Mercedes Benz, Auto Unión, Speed of de Wind,
Hotchkiss; los sport: Frazer-Nash, Lagonda, Riley y Sunbeam,
y los de paseo, que adaptábamos para turismo de carretera:
Chrysler, Buick, Oldsmobile y especialmente dos cupés:
un Studebaker y un Lincoln Zephyr. A éstos los preparábamos
cortándoles los guardabarros a base de tenaza y lima,
rellenándolos con masilla para que fueran más
pesados y no volcaran. Un amigo nuestro, cuyo padre era dentista,
le pedía prestado el torno con el que atendía
a sus pacientes, le ponía la pieza para pulir los dientes
y cortaba el plomo de los autitos dándole a los guardabarros
la forma deseada y dejándolos con una terminación
impecable. Cuando un día nos mostró su primer
"trabajo", un "Dinky" Studebaker cupé
y vimos cómo había quedado se convirtió
en el preparador de varios de nosotros.
Más tarde aparecieron los
TC de plástico fabricados aquí, y la preparación
se hizo más sutil; se alargaba el agujero por donde
pasaban los ejes y con un elástico grueso sujeto con
tachuelas en la trompa y en la cola se conseguía que
tuvieran suspensión. Los pintaba y les ponía
los números y las propagandas con tinta china, imitando
a los verdaderos.
Cuando mi pasión se volcó
a los autos sport, llegué a hacer con plastilina, alambre
y ruedas y ejes que me sobraban, una réplica muy sencilla
de la Ferrari 2560 conocida como "la niña bonita", la que más me gustaba,
un diseño de Vignale, el mismo de nuestras cupés
Fiat 1500, ya que siempre la veía en exhibición
en una agencia de la Avenida Las Heras y Ugarteche, de Piero y Ángel Maiocchi.
Y también de la Ferrari 375 plus de Enrique Díaz Sáenz Valiente, tomando como
base las fotografías que iba juntando.
Las carreras de autitos las hacíamos
con mis amigos en la plaza donde nos reuníamos y consistía
en marcar una ruta en la tierra que tenía variantes
con pozos, montañas, terraplenes y contra-curvas, con
una largada y una llegada para las etapas. Este era el Gran
Premio de Turismo de Carretera. Con los coches de pista y
los sport organizábamos las carreras en la casa de
algún amigo o en el living de la mía, y cuando
era la época de invierno lo hacíamos sobre una
alfombra, ya que como generalmente tienen un dibujo, nos servía
para diseñar el circuito modificándolo con maderitas
o chapitas para formar las chicanas.
Para Carnaval solía "convertirme"
de corredor. Usaba un casco de tela que había sido
de un disfraz de aviador, le agregaba unas antiparras de mica
que se vendían en cualquier kiosco para protegerse
los ojos cuando se jugaba con pomos o con papel picado, y
me trepaba a mi bicicleta para andar por la vereda junto con
otros chicos, dando vueltas a la manzana de casa, sacando
el cuerpo cuando tomaba las curvas, imitando a los pilotos
de la época, con el consiguiente susto de los circunstanciales
paseantes. Por eso el placer era mayor cuando lo hacía
en la plaza donde me citaba con mis amigos.
En 1949, como ya dije, llegan los
triunfos internacionales de Oscar Gálvez en Palermo y Fangio en Mar del Plata. Del primero recuerdo
dos cosas: No haber sentido gran emoción porque anhelaba
que el primer triunfo argentino hubiese sido de
Fangio, y la frustración que tuve porque mis
padres no me dejaron ir a ver la carrera con mi tío,
al que ví llegar todo empapado contándome que
se tuvo que trepar a un árbol como mejor ubicación
por la cantidad de gente que había.
Después siguieron las campañas
en Europa del equipo argentino con el balcarceño, Benedicto Campos, "el Cabezón" González,
Onofre Marimón, Mieres,
Daponte, Pián ..., las transmisiones de radio de los Sojit,
etcétera.
Mi bicicleta tenía colgado
en el manubrio un banderín de género que me
compré cuando Fangio salió
subcampeón mundial en 1950. También había
conseguido una fotografía en colores con su autógrafo,
que regalaba la Casa Suixtil.
De esa época también
son tres películas argentinas: "Cinco locos en
la pista" con los Cinco Grandes del Buen Humor y Clemar
Bucci; "Bólidos de acero", con Ricardo
Passano y Nelly Daren,
con una aparición fugaz de Juan
Gálvez, y "Fangio,
el demonio de las pistas" protagonizada por Armando
Bo, que las ví en cine cuando se estrenaron,
y que a menudo las suelen pasar por cable.
Mucho más tarde, cuando apareció
el cinemascope ví una película que pasó
al olvido pero que estaba muy bien hecha: "El circuito
infernal", con Kirk Douglas,
Bella Darvi,
Gilbert Roland, César
Romero y otros, que mostraba en especial unas escenas
espectaculares de las carreras de Montecarlo y la Mille Miglia,
con un buen argumento y buenos autos, todo en pantalla ancha.
Es una lástima que no la pasen aunque sea por cable
porque sería como un "revival", tan de moda
en estos tiempos.
Y por supuesto, cuando se estrenó
"Grand Prix" en el cine Ideal de la calle Suipacha,
allí estaba yo poco menos que en primera fila. Recuerdo
que en el hall del primer piso del cine habían puesto
como motivo de decoración, un auto de fórmula
2 nacional con motor trasero de Alberto
Cancellieri, lo más parecido a un fórmula
1 que había en ese momento, y con el programa que entregaban
venía una calcomanía de Bardhal para pegar.
Pero me estoy adelantando en el tiempo.
No puedo dejar de contar que alrededor de esos años,
1950 o 51, mi abuelo, el mismo que mencioné antes,
nos hizo una broma a Alejandro y a mí, que nos duró unos cuantos años.
Un día se apareció con dos fotografías,
una para cada uno de nosotros. Eran las clásicas de
aquella época: en blanco y negro, chiquitas, de 6 por
6 centímetros aproximadamente. En una estaba con su
automóvil, un La Salle modelo 1940 o 42, convertible,
con la capota puesta y con un número 4 pintado en su
puerta derecha. La otra lo mostraba sentado, luciendo una
gorra de lana, tipo golfista, con la visera hacia atrás,
en un auto de carrera con faros y guardabarros tipo bicicleta,
biplaza, de lo más extraño, que tenía
el número 10.
Nos contó que con el La Salle
había corrido en Córdoba, habiendo abandonado
cuando marchaba en punta a la altura de La Cumbre. Y con el
otro se había clasificado quinto en el circuito de
La Falda. Por supuesto que le creímos y se las mostrábamos
a nuestros amigos dándonos importancia con semejante
abuelo-corredor.
Cuando pasó el tiempo sospechamos
la verdad, a pesar de que nunca nos la quiso revelar. Al La
Salle le puso el número 4 con cinta aisladora negra
bien ancha. Y el otro auto era, al parecer, un coche de carrera
"fato in casa" que tenía su mecánico
en el taller donde le atendía el La Salle.
Por suerte aún las conservo
y en cada oportunidad que tengo de volverlas a ver me acuerdo
de nuestra ingenuidad pero al mismo tiempo la fantasía
que nos hizo vivir.
Adolescencia y juventud / El Autódromo
y los coches sport
Al Autódromo lo conocí una tarde de fines de
noviembre o diciembre de 1952, cuando mi padre nos llevó
a Alejandro y a mí porque leyó en el diario
que Fangio y Gálvez iban
a practicar con los coches que tenía el Automóvil
Club, las Ferrari 2000 "corta" y "larga"
y alguna Maserati, para la primera carrera que se iba a correr
por el Campeonato Mundial en enero.
En 1954 empecé a interesarme
por los coches sport porque descubrí que combinan la
utilidad para usarlos como un auto cualquiera y a la vez para
disputar carreras. Sus carrocerías, de un diseño
para mí exquisito, me llamaban la atención porque
no podían ser nunca ni parecidas a la de los autos
comunes de paseo por más que tuvieran faros, paragolpes,
techo y guardabarros. Ver uno por la calle era quedarme como
petrificado. El padre de un compañero de colegio de
Alejandro poseía un Jaguar XK 120 que me deslumbraba
y corría en las carreras que por aquel entonces organizaba
el Club de Automóviles Sport en el Autódromo.
Ese año también lo hizo en Tres Arroyos clasificándose
segundo en su categoría detrás de Sáenz
Valiente, que había marcado el record de 212
kilómetros y monedas por hora en ruta abierta con su
Ferrari.
A partir de ese momento comencé
a juntar en una carpeta todo lo que se publicaba en "El
Gráfico", "Mundo Deportivo" o "Coche
a la Vista" sobre la categoría sport en la Argentina.
Es así que actualmente, gracias a la gentileza de un
amigo fanático como yo, la colección se ha incrementado
con artículos de las revistas "Velocidad"
y "Ases y Motores", guardándola como un tesoro
de valor incalculable para mí, poniéndola a
disposición de quien quiera consultarla. Siempre estoy
buscando en "librerías de viejo" o en kioscos
del Parque Rivadavia material para mejorarla.
Retomando el relato, recuerdo que
Ricardo Lorenzo, "Borocotó" padre, llegó
a comentar en "El Gráfico" que el futuro
del automovilismo argentino en ruta estaba en promover la
categoría sport como se hacía en Europa, al
estilo de las Mil Millas o las 24 Horas de Le Mans, ya que
era una manera de modernizarse y estar actualizados.
Como me gusta dibujar comencé
a reproducir todos los autos sport que corrían en ese
momento en el país, copiando las fotografías
publicadas en "El Gráfico" o en "Mundo
Deportivo". Los dibujos los hacía con tinta china,
los pintaba con acuarela y les ponía un marco con papel
passpartout pegándolos en un cartón, con los
que "decoraba" las paredes de mi cuarto.
Un domingo cercano al fin de año,
fui a la casa de un pariente que tenía televisión
(una rareza en ese entonces), para ver un partido de fútbol.
Como éste se suspendió, televisaron desde el
Autódromo las carreras de coches sport, en las que
en una de ellas ganó Sáenz
Valiente con su Ferrari 4,5 litros. Hubo otra por handicap
que se adjudicó Jackie Forrest
Greene, el hijo de Eric, con un viejo Bentley 4500.
Todas se corrieron en el sentido contrario a como se hace
actualmente.
En 1955 hice mi debut "oficial"
en el Autódromo. Con el mismo tío que mencioné,
hermano de mi madre, fuimos a ver la famosa carrera del calor,
en la que Fangio con Mercedes
Benz, y "Bitito" Mieres con Maserati, fueron los únicos que no fueron
reemplazados en sus autos. Llegamos a las 10 de la mañana
y nuestras entradas correspondían al sector ubicado
entre el curvón y la curva de Ascari,
llamada así desde entonces, porque delante de mis ojos
el italiano hizo un trompo y se fue de pista abandonando con
su Lancia-Ferrari. El lugar no podía ser peor, no había
tribunas, solamente un terraplén de tierra, y al ingresar
ya había gente instalada que para guarecerce del sol
había cortado ramas de los alrededores apoyándolas
contra el alambrado formando un techo precario donde se acurrucaban
como en una cueva. Las bebidas pronto se agotaron y el agua
comenzó a venderse en vasos. En un determinado momento
me sentí a punto de desmayarme por el calor y como
ví que en las cercanías había un caño
de desagüe del cual salía agua, me acerqué
y sacándome el sombrero que tenía puesto para
no insolarme puse mi cabeza bajo el chorro empapándome
hasta sentirme reanimado. Lo insólito fue que el agua
que salía tenía un olor a podrido tan fuerte
que me duró hasta llegar a mi casa y poder bañarme.
Pero el sacrificio valió la pena. Lo vimos manejar
y ganar a Fangio.
Al año siguiente lo único
que me interesó ver fueron los 1000 Kilómetros.
Ganaron Moss y Menditeguy con una Maserati que no era de las más potentes, dando
cátedra. Esta fué la última carrera de Sáenz Valiente. Impresionaba
cómo hacía andar a su Ferrari 5 litros, ganadora
el año anterior, que a pesar de estar desactualizada
frente a las más modernas les daba dura lucha. Como
nota curiosa corrieron dos mujeres: Isabel Haskell y María Teresa
de Filippis. Para mi gusto fue una fiesta para los
ojos ver tanto auto sport, lo más nuevo que llegaba
de Europa.
Ese año, 1956, ya me había familiarizado con
los pilotos y sus autos en las carreras locales que organizaba
el C.A.S., Maiocchi seguía
con su misma Ferrari, Forrest Greene con el Aston Martin de su padre, Franco
Bruno con un Allard-Cadillac, Carlos
Najurieta con la Ferrari 4,5, Ricardo
Grandío con una Maserati 2000, modelo A6GCS,
Jorge Magnasco con un Jaguar
C, que había sido de José
María Millet, Oscar Caamaño
con la Ferrari 2560, que fue la primera con la que Roberto
Bonomi se clasificó campeón argentino
de la categoría en 1952, Kurt
Delfosse con su Porsche-Gordini constuído por
él mismo, Miguel Jantus con un Simca-Gordini, que había sido del equipo argentino
en Europa, transformado en coche sport, "Larry"
con una Ferrari 250 MM cerrada, ganadora de las 500 Millas
de Rafaela, Álvaro Piano con una de las cuatro Ferrari 2715 llegadas al país
y más tarde con la 3000 que perteneciera a Luis
Milán, y éste con la 5 litros que fuera
de Sáenz Valiente.
En 1957 los 1000 Kilómetros
se corrieron en la Costanera Norte. Una inconsciencia. Las
tribunas improvisadas estaban tan cerca de la pista que ver
y sentir pasar los autos al lado de uno y que no ocurriera
una desgracia fue milagroso. Para la carrera tuvieron que
improvisar una chicana con fardos de pasto para bajar la velocidad
en la recta principal, que era la actual avenida Rafael Obligado,
donde los corredores iban por una mano y volvían por
la otra. Mis padres ni se enteraron de cómo era eso.
Tengo presente a Fangio y Moss corriendo en
pareja con una Maserati 4,5 litros bautizada "El cañón"
o "La bazooka", que venía ganando por escándalo
hasta que explotó y tuvieron que abandonar. Luego Moss
se subió a la Maserati de Jean Behra y Menditeguy como
tercer piloto, que era un modelo menos potente, en el momento
que estaba clasificada tercera a una vuelta del puntero y
remontó en forma espectacular, recuperó la vuelta,
se clasificó segundo y si la carrera hubiese durado
más es probable que habría alcanzado a la Ferrari
ganadora de Gregory -
Castellotti - Musso. Uno de los autos más lindos era el Jaguar
"D" Le Mans, de la "Ecurie Ecosse", con Roberto Mieres y Ninian Sanderson que ocupó el cuarto lugar.
En 1958 se volvió a correr
en el Autódromo y la General Paz. Vi triunfar a Peter Collins y Phil Hill con
una Ferrari 3000 Testarossa, pero el espectáculo, ¡otra
vez!, lo dieron Moss y Behra con un Porsche 1600 Spyder que llegaron terceros habiendo
recuperado la vuelta que le habían sacado los dos primeros.
En esa carrera Jorge Magnasco,
que había comprado una Maserati a último momento,
se mató en la entrada del Autódromo. Se había
anotado con un ignoto Juan Manuel Bordeu como copiloto.
En 1957 y en 1958 ví las carreras
de Fórmula Uno. La primera ganada por Fangio con la
Maserati 250F fue aburrida por el dominio del "Quíntuple",
pero la del año siguiente fue emocionante. Creo que
todos los que estábamos en la tribuna deseábamos
que las gomas del Cooper Climax de Stirling
Moss, que venía ganando, aguantaran hasta el
final ante el asedio en las últimas vueltas del equipo
Ferrari y de Fangio con la misma Maserati del año anterior,
cosa que así sucedió logrando un triunfo espectacular.
Pero además fue la primera victoria de un auto de fórmula
uno con motor trasero. Todo un suceso y una revolución.
En 1960 solamente estuve para ver
el triunfo en los 1000 Kilómetros de Allison
- Hill con una Ferrari 3000 en el mismo trazado de siempre. La sensación
de la carrera fue una Maserati blanca llamada "Birdcage"
pero aquí bautizada como "La bañadera",
de Gregory - Gurney, con un chasis tipo
jaula que punteó hasta abandonar. Hubo otro accidente
lamentable casi en el mismo lugar del ocurrido en 1958. Fue
la muerte de Harry Blanchard
con un Porsche.
Los años que siguieron comenzaron
a mermar el parque de las máquinas locales porque éstas
no se renovaban, pero no el entusiasmo. Las reuniones se sucedían
en el Autódromo y la concurrencia del público
era cada vez más escasa. Nadie me acompañaba
a verlas. Como siempre, rutinariamente tomaba un ómnibus
Mack plateado, creo que el número 144, que salía
de Plaza Once y llegaba al Autódromo luego de una hora
de viaje.
Nunca supe calcular el tiempo; en
una oportunidad llegué tan temprano que me encontré
con la puerta que en ese entonces comunicaba la tribuna oficial
con la pista abierta de par en par, y aproveché para
llegar a los boxes. Estuve cerca de todos y ví la carrera
por primera vez desde la terraza. Allí tuvo su segunda
intervención un desconocido Néstor
Salerno con la vieja Ferrari 2560 ex-Caamaño, ex-Bonomi,
y me llamó la atención su manejo pulido. También
corrió Rolo de Álzaga con una Maserati a la que le colocó el motor Ford de
su TC, dándole batalla a la Ferrari de Luis
Milán, quien fue el que finalmente ganó.
Otra vez el viaje en el Mack tuvo
una derivación inesperada. En determinado momento un
carterista aprovechó un descuido, le abrió la
cartera a una pasajera y le hurtó la billetera. Cuando
la damnificada se dió cuenta empezó a los alaridos
y el chofer no tuvo mejor idea que cerrar las puertas del
ómnibus y llevarnos a una comisaría de Villa
Lugano. Nos hicieron bajar a todos y nos tuvieron a la intemperie
un buen rato, ya que por aquel entonces prácticamente
la zona era un descampado, las instalaciones de la comisaría
eran muy modestas y nosotros, que éramos diez o doce,
no cabíamos en la oficina. Por supuesto que la billetera
no apareció y el "chorro" tampoco. A pesar
de este inconveniente llegué a tiempo al Autódromo.
Para levantar el entusiasmo comenzaron
a correrse en las mismas reuniones las primeras carreras de
automóviles standard. Peugeot 403, Borgward Isabella,
Fiat 1100, más tarde los 1500, DKW, NSU, De Carlo y
otros, eran de la partida.
También se organizó
una carrera en el Bosque de Palermo que ganó Rodolfo
Fiala con un Peugeot 403, usándose el mismo
trazado donde se hacían las Temporadas Internacionales.
Otra verdadera locura por el lugar elegido.
Como anécdota puedo contar
que antes de llegar a una valla que habían puesto en
la avenida Figueroa Alcorta para el control del ingreso del
público, un desconocido me regaló una credencial
de fotógrafo con la que pasé sin pagar y pude
desplazarme por todos lados curioseando sin que nadie me molestara.
Por ese entonces nació la
Asociación Argentina Automóviles Sport y las
categorías se multiplicaron. Hasta hubo carreras para
periodistas y de microcupés (Isetta, Heinkel) con pilotos
conocidos que se prendían en todas. Se creó
la categoría de los minijuniors.
Pero para mí siempre el plato
fuerte siempre fueron los sport, donde el auto a batir era
una nueva Maserati 3000 de Bonomi.
Había pocos pero buenos. Siempre estaban el Aston Martin
modificado de Jackie Forrest Greene,
un Lancia Panamericano traído al país, de Camilo
Gay, una Ferrari cerrada de Leonardo
Otero, Salerno con la
Ferrari 3000 que habían corrido antes Luis
Milán y Alvaro Piano y un Porsche Spyder de
Pedro von Dory.
A fin de año llegaba el Gran
Premio Standard. Yo trabajaba y estudiaba a la noche en la
biblioteca de la Facultad de Derecho. El día de la
largada, a las nueve de la noche cerraba los libros, compraba
"La Razón" porque traía el listado
de los inscriptos y me iba a curiosear los autos estacionados
en la avenida del Libertador frente al Automóvil Club.
Era fantástico ver los equipos oficiales que venían
de Europa. Allí estaban los Mercedes Benz, Lancia,
Alfa Romeo, Jaguar, Pontiac-Catalina junto con los pilotos
particulares que alquilaban alguno; los NSU "Galerita"
y Sportprinz, De Carlo cupé, Isard, Auto Unión,
Peugeot y Fiat que se fabricaban aquí. Solo o con algún
amigo caminaba hasta la rotonda de Dorrego y Figueroa Alcorta,
o tomaba el tren de la línea a Tigre, me bajaba en
la estación Rivadavia y me instalaba cerca de la fuente
que estaba en Libertador y la General Paz para verlos pasar.
Más de uno terminó su Gran Premio con el auto
flotando. Después con un mapa y la radio seguía
la primera etapa quedándome despierto hasta la madrugada.
Lo mismo hacía con las largadas
de TC pero no me producía el mismo entusiasmo que los
autos sport o standard porque las cupés seguían
siendo las mismas, con pocas modificaciones. Cada año
aumentaba la potencia de los motores pero no se notaba una
evolución en el diseño. Ésta recién
vino cuando poco a poco se fueron transformando en los sport
- prototipo que tuvieron una vida muy corta.
De mi época de estudiante
universitario puedo decir que al cursar una materia que me
llevó casi todo un año, para ser más
preciso 1966, tuve de compañero a Julio
Cruciani, quien es actualmente Juez en lo Penal Económico,
todo un personaje como lo es también hoy. Yo no lo
conocía personalmente pero sí su actuación
automovilística con un NSU "galerita" al
principio y luego con un De Carlo cupé en la categoría
más chica de los Standard. Combinamos estudiar juntos
con otro compañero en su departamento y como yo trabajaba,
cuando se acercaban las fechas de los parciales pedía
días de licencia por examen y me instalaba desde la
mañana temprano hasta casi la madrugada del día
siguiente para prepararlos. Si teníamos que ir a la
Facultad para las clases del curso o para averiguar los horarios
de los exámenes nos llevaba en un Peugeot 404, lo más
"banana" en ese entonces, manejando a toda velocidad
subiendo (y bajando después) la explanada que tiene
el edificio en su frente que da a la avenida Figueroa Alcorta.
Al año siguiente preparamos
otra materia y en eso estábamos cuando un amigo lo
invitó a integrar el Equipo Lutteral para correr un
Torino en TC junto con "Larry" y José
Manzano, con la preparación de los motores a
cargo de Pablo Macagno. Esto
descalabró un poco nuestros planes estudiantiles y
su debut se produjo en la Vuelta de Junín.
Con otro amigo de Julio, que tenía
también un Peugeot 404, y el tercer compañero
de estudios fuimos a acompañarlo para hacerle apoyo
logístico. Llegamos a Junín el sábado
muy temprano y nos fuimos con el Equipo Lutteral a ver como
hacían "unas tiraditas en la ruta". Yo no
cabía en mí de todo lo que estaba viviendo.
Estaban todos: los Emiliozzi, Bordeu,
Casá, Pairetti, Álzaga, Rienzi, etc.
Más tarde comenzamos a buscar alojamiento para pasar
la noche y no conseguimos hotel ni pensión. En consecuencia,
tuvimos que acomodarnos para dormir en el Peugeot, al que
estacionamos en una calle poco transitada y así llegó
la madrugada del domingo, día de la carrera. Lo pasamos
a buscar a Julio al hotel y nos fuimos a la largada. Lamentablemente
nuestro amigo tuvo que abandonar en la primera vuelta y la
carrera la ganaron los Emiliozzi.
Como anécdota graciosa recuerdo
que tuvimos que traer de regreso al acompañante de Julio en nuestro auto. Era un tipo flaco que se vino con
el buzo antiflama puesto y un casco "Bell" blanco
espectacular en la mano. Contrastaba totalmente con Julio,
que había usado uno chiquito de sus primeras épocas
y un buzo que parecía un pijama. Cuando ví el
"Bell" se lo pedí prestado y me lo puse solamente
para ver qué sensación me producía.
Justo en ese momento estábamos
cargando nafta para emprender la vuelta y al verme alguien
del público que estaba en la estación de servicio
para ver pasar a los corredores y los autos que también
se volvían, me confundió con Carlitos
Travers, el acompañante de "Tuqui"
Casá. Se acercó
y me pidió un autógrafo a través de la
ventanilla y yo complacido accedí inventando una firma.
Como la noticia se difundió varios comenzaron a acercarse
y rodearon el auto pidiéndome autógrafos. Entonces
intenté explicarle al que le había firmado el
papel que yo no era Carlitos Travers pero no me animé porque calculé que si lo hacía
podría generar represalias por la tomadura de pelo.
Opté por seguir firmando todo lo que me ponían
delante mientras mis amigos no entendían nada. Ya de
regreso me puse a pensar qué inocente es a veces la
gente. ¡Era ridículo que yo, sentado en el asiento
de atrás en un auto de paseo, iba a viajar con el casco
puesto!
Tiempo después mi amigo fue
invitado a participar como doble para filmar escenas arriesgadas
manejando autos de carrera en una película que se llamó
"Turismo de Carretera" con Héctor
Pellegrini, Dora Baret,
Duilio Marzio, María Vaner
y otros, dirigida por Rodolfo Khun,
y luego en una tipo cómica-policial, creo que con Carlitos Balá y José
Marrone, y el equipo que habíamos formado para
estudiar juntos se tuvo que disolver, continuando cada uno
por su cuenta.
Ya que estoy hablando de cine, cuando
se estrenó la película "Fangio", que
es su biografía deportiva, filmada en el país
y en Europa, dirigida por Hugh Hudson,
producida por el Conde Volpi y protagonizada en algunas escenas de doblaje por
Juan Manuel Bordeu, la ví
dos veces también en el cine Ideal. Cuando se pusieron
de moda las videograbadoras pude comprarla en video gracias
al dueño de un video - club que me la consiguió
junto con su afiche de regalo. Actualmente se vende en el
Museo del Automóvil en Balcarce.
Otra película de esa época fue "Las 24
Horas de Le Mans" con Steve McQueen,
que la ví en pantalla panorámica, con una filmación
espectacular de la carrera y con unos accidentes impresionantes.
Al recibirme de escribano y casarme
después, mis escapadas al Autódromo comenzaron
a ser más esporádicas. Mi pasión se mantuvo
en los veranos, que con el permiso de María
Nélida, mi mujer, me venía de Mar del
Plata para ver la carrera internacional que fuera y luego
regresaba. A ella nunca la pude convencer para que me acompañara
pero siempre me alentó con mi entusiasmo.
Así fue como ví la
primera carrera de Fórmula Junior que ganó Silvio Moser con un Brabham, en el Autódromo en
1964, carrera que en la serie final se mató Alberico
Passadore que estrenaba un Lotus 27, ganador de la
primera serie.
En 1967 vino la Fórmula 3
y las carreras las dominó el equipo Matra con Jean
Pierre Beltoise a la cabeza. Estando de vacaciones
en Mar del Plata, una mañana me encontré en
la Base Naval, a la que concurría con María
Nélida y su familia, por aquel entonces mi novia,
para pasar el día de playa en el pequeño balneario
que tiene en su interior, con algunos pilotos y los autos
que estaban depositados en las instalaciones, donde los mecánicos
los alistaban para la clasificación y la carrera. El
circuito llamado del Golf, ya que casi todo su recorrido bordeaba
la cancha, tenía la forma aproximada de un paralelogramo
y estaba formado por el Boulevard Martínez de Hoz,
que pasa frente a la Base, la avenida Juan B. Justo, la calle
Alem y luego de una doble ele en ángulo recto, desembocaba
en la calle Formosa, en bajada, para luego de una pequeña
curva hacia la izquierda zambullirse en el boulevard. Ví
la clasificación instalado arriba del paredón
de piedra del Golf Club que bordea la vereda de la calle Formosa,
a la sombra de un árbol inmenso, en la bajada. La visión
era fantástica pero el lugar era difícil y peligroso
por lo que tuve el presentimiento que algo grave podía
llegar a ocurrir si no se tomaban más precauciones
para controlar a la gente. No me equivoqué. Al día
siguiente me ubiqué en el mismo lugar y luego de largarse
la carrera a las pocas vueltas llegó la noticia que
se había producido un accidente en otro sector del
circuito. Después supe que se había matado el
argentino Carlos Martín.
Promediaba la carrera cuando delante de mí, una italiana, Rosadele Facetti, no pudo dominar
su auto, tal vez al fallarle los frenos, y siguió de
largo sin doblar a la izquierda para tomar el boulevard, atropellando
al público que estaba mal ubicado al final de la calle
Formosa. Entonces se desató el caos. Como la carrera
no la paraban hubo gente que empezó a tirar a la pista
los fardos de pasto que estaban puestos para protección
y hasta piedras a los corredores. Aún recuerdo a un
enloquecido que se acercaba a los autos cuando pasaban y les
agitaba en la cara a los pilotos un pulóver colorado
como si fuera un comisario deportivo con la bandera roja,
para que se detuvieran y pudiera entrar una ambulancia para
atender a los heridos.
Vuelto a Buenos Aires ví el
cierre de la temporada en el Autódromo donde el equipo
Matra ganó la carrera ocupando los tres primeros lugares,
llegando en escuadrilla como demostración de su poderío.
A fines de 1968 vino la Fórmula
2 europea. Entre los más destacados estaban Andrea de Adamich y Ernesto Brambilla
con Ferrari-Dino 166, Johen Rindt
y Pier Courage con Brabham, Beltoise
y Henri Pescarolo con Matra y
Moser, Pedro
Rodríguez, Siffert
y otros con Tecno junto con varios argentinos. En esta temporada
se produjo el debut internacional de Carlos Reutemann con un Tecno. Ví la última
carrera en el Autódromo que ganó Courage
asombrando con su manejo y en la que Reutemann participó con el Brabham de Copello
pero no tuvo suerte porque tuvo que abandonar.
En 1971 estuve en los 1000 Kilómetros
con puntaje para el Campeonato de Marcas para los sport prototipos,
con la participación de los equipos Ferrari, Matra,
Porsche, Lola y Alfa Romeo y con Vic
Elford, de Adamich, Emerson Fittipaldi, Ronnie Peterson,
entre otros, mezclados con los argentinos. La carrera la ganaron
Siffert y Bell con un
Porsche 917 del equipo de John Wyer,
en la que murió quemado delante de todos Ignazio
Giunti al chocar en el repecho de la curva antes de
la recta principal y a la altura donde comienzan los boxes
con el auto de Beltoise, que
se había bajado al quedarse sin nafta y lo venía
empujando para tratar de cruzar la pista con el envión
y llegar a su box en una maniobra incomprensible.
En enero de 1972 no pude ver el Gran
Premio de Fórmula 1 ni los 1000 Kilómetros.
El motivo fue que con María Nélida aceptamos la sugerencia que nos hicieron mi cuñado
Carlos y su novia de pasar las vacaciones los cuatro, en las
playas del sur de Brasil. El viaje fue programado viajando
en dos autos, embarcándonos en el ferry hasta Colonia,
de allí a Montevideo, Punta del Este, el Chuí,
y ya en Brasil recalar en Torres o Florianópolis.
El año anterior le habíamos
comprado nuestro primer auto a un amigo de Carlos, un Fiat
600 modelo 68 y mi cuñado tenía uno igual, del
mismo año y hasta del mismo color, marrón militar.
La aventura merece un relato aparte por la cantidad de peripecias
que tuvimos. Solamente diré que la programación
sufrió una "pequeña" variante porque
con nuestras máquinas llegamos haciendo escalas hasta
Río de Janeiro, pasando por Ilhabela, que está
a mitad de camino entre San Pablo y Río, la isla más
grande que tiene Brasil en el Atlántico, en donde estuvimos
cuatro días a la ida. A la vuelta paramos en Angra
do Reis y al llegar a Curitiba nos desviamos hacia Foz de
Iguazú para conocer las Cataratas del lado brasileño.
Luego seguimos hasta Asunción cruzando todo Paraguay
y entramos al país por Clorinda (Formosa), bajando
por la ruta 11 a través de Chaco, Santa Fe, desviándonos
hacia Esperanza para visitar unos parientes de María
Nélida y Carlos,
para arribar después a Buenos Aires. El "gran
premio" duró todo el mes viajando por autopistas,
rutas y caminos de montaña, de día y a veces
con las primeras horas de la noche haciendo un promedio diario
de 500/600 kilómetros.
De mi pasión no me desconecté
pues le encargué al kiosquero que me reservara "Corsa"
mientras durara mi ausencia por el viaje para no interrumpir
la colección de la revista que tengo completa desde
1969 hasta 1990.
La época de Reutemann en su momento de esplendor comencé a vivirla a partir
de los Grandes Premios de Argentina que ví en 1973,
74, 75, 79 y 80, especialmente el de 1974, del que recuerdo
el entusiasmo de la gente que a cada paso de "Lole"
ganando con el Brabham número 7 desde las tribunas
tiraban papelitos festejando como en el fútbol, para
terminar con una tremenda frustración por culpa de
la toma dinámica que se fue aflojando, como se dijo
en ese momento, cuando la verdad se supo mucho después
al saber que se le había cargado menos nafta al auto.
No me perdía ninguna carrera
televisada de Fórmula 1 y en 1980 se me ocurrió
ver el Gran Premio de Mónaco en un cine de la calle
Lavalle, cómodamente sentado, con la imagen televisada
en pantalla gigante y sin cortes publicitarios, lo que resultó
"una pegada" porque fue cuando ganó Reutemann con gritos y aplausos de la platea cuando se colocó
primero y luego cuando le bajaron la bandera. Para el Gran
Premio de Argentina de 1981 decidí repetir la experiencia
y con un compañero de trabajo fuimos al mismo cine
y vimos el último que corrió el argentino en
el país, ahora con aire acondicionado y con un walkman
en mis orejas para no perder detalles.
Del Gran Premio de Fórmula
1 de 1979 tengo un plano del circuito internacional del Autódromo
firmado por casi todos los pilotos, inclusive Reutemann,
muy reacio a estampar su firma en aquel entonces. Como estaba
realizando un trabajo profesional en el Hotel Sheraton, en
los momentos libres me apostaba cerca de la conserjería
a esperarlos, y cuando aparecían les pedía el
autógrafo. Ese plano se convirtió en un cuadro
que está colgado en el dormitorio de mi hijo mayor.
Tiempo después, con la excusa
de jugar con Francisco y Santiago,
mis dos hijos, María Nélida me regaló un "Scalectrix" que fui ampliando
hasta tenerlo armado sobre una base, con túneles, chicanas
y puentes. Me entretenía preparando los autitos, pintando
los cascos de los pilotos a semejanza de los reales. Como
por su tamaño no tenía donde guardarlo, hube
de colgarlo en una pared del cuarto de servicio y por medio
de una polea que mandé hacer a propósito, lo
bajaba apoyándolo en dos caballetes cada vez que jugábamos.
El pasatiempo se terminó cuando
tuvimos que ampliar nuestra casa. Entonces la pista y los
ocho autitos quedaron archivados en otro lugar hasta que algún
día pueda tener un espacio especialmente preparado.
Actualidad
En 1995 el sueño del pibe
se hizo realidad. Siempre tuve la idea fija de tener una cupé
Fiat 1500, independientemente del valor que como auto podía
tener en el futuro. Un día, leyendo "La Nación"
encontré un aviso en sector de los Fiat que decía:
"Coupé 1500. Único dueño. Escucho
ofertas" y daba el teléfono. Llamé y concerté
una visita para verla.
Su dueña resultó ser
una señora que había quedado viuda. Su marido,
un abogado italiano radicado en el país, la había
comprado en 1968, cero kilómetro, tal cual el aviso.
Cuando me hizo pasar a verla lo primero que me llamó
la atención, además de su estado impecable,
fue que estaba en el garage de su casa. Tenía todo
original hasta los manuales de fábrica. Al morir, su
señora comenzó a padecer con el auto -según
me contaba- no por algún inconveniente mecánico
sino en la calle. La policía la paraba para pedirle
la documentación de la cupé o porque ésta
no tenía apoya-cabezas o balizas o por cualquier tontería.
Harta, decidió entregarla como parte de pago para comprar
un cero kilómetro si no conseguía venderla.
Resumiendo y para no abundar más
en detalles, con un gran sacrificio y gracias a la paciencia
y generosidad de mi esposa y mis hijos, la cupé pasó
a ser como si fuera un hijo mío más.
La idea de usarla como segundo auto
de paseo varió cuando me enteré que podía
participar en pruebas de endurance o rally y entonces mi entusiasmo
no tuvo límites. Me hice socio de la A.A.A.S., un viejo
sueño que siempre tuve desde los 18 años, oportunidad
en la que mandé una carta al club para felicitarlo
e interiorizarme de sus actividades, recibiendo como respuesta
una solicitud de ingreso que nunca hube de llenar porque en
ese entonces no sabía manejar ni tenía auto.
Al mismo tiempo conocí gente
con la cual me identifiqué por compartir los mismos
gustos por los autos clásicos y que me sirvió
para estar al día con las carreras, exposiciones, automobilia
y todo lo que se relaciona con mi pasión, en un momento
en que en el país comenzó el auge cada vez más
fuerte por rescatar todo lo relacionado con el automovilismo
que yo viví de chico.
Mi debut con la cupé fue el
25 de mayo de 1996 en el Autódromo para competir en
una carrera de la categoría Sedanes Históricos,
siendo ésta una de las más grandes emociones
que he sentido y un recuerdo imborrable que llevaré
toda mi vida. Los momentos previos, el alistar el auto pegándole
los números y las propagandas, conseguir un casco y
guantes y pisar el mismo asfalto por donde habían pasado
los grandes de todas las épocas, fue una sensación
imposible de describir con palabras. Antes de salir a la pista
mis piernas parecían dos castañuelas dentro
del auto.
Este fue el desvelo que cuento al
comienzo y que tuve la noche anterior al debut.
Después intervine en la carrera
de fin de año organizada por "Autos de Época"
en el Autódromo. Al año siguiente mi hijo Francisco
me acompañó a un rally a San Miguel del Monte
y dos veces al autódromo Roberto
Mouras, de La Plata.
Y dejo para el final mi última
vivencia. Para la carrera del 40 aniversario del club Francisco no me pudo acompañar. Le pedí
a mi sufrida esposa que me tomara los tiempos desde boxes
pero como minutos antes de la largada comenzó a llover
la senté en la butaca derecha, le puse un casco que
había llevado por las dudas y la convencí que
así iba a estar mejor que empapándose con un
pizarrón, tiza y cronómetro a la intemperie.
Por suerte resultó. No sé si se habrá
divertido pero lo hizo tan bien que nos clasificamos en un
decoroso puesto 21 entre 45 participantes, sin hacer ningún
trompo y sin ninguna discusión conyugal
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